5 - Entre la escuela y el viaje

 

Si de algo puedo estar contento de esta vida, mas allá del entorno familiar claro está, es de haber vivido a mi manera, los últimos coletazos de una época singular, en donde aun existía la inocencia y, por que no, la solidaridad entre los seres humano,

La década de los sesenta fue sin duda la década de la transición. Era la etapa en la cual comenzaba a vislumrarse la rebeldía de los jóvenes insertos en movimientos pacifistas denominados "Hippys", hoy si se quiere ya legendarios y, lamentablemente desplazados en el lugar y en el tiempo por los punks y otros movimientos que nada tienen que ver con la esencia de la paz.

Era la época en que hacían su aparición la mini y la maxi falda turnándose según la circunstancia. Era cuando los jóvenes aparecían con la cabellera larga, en señal de esa rebeldía que sentían desde adentro, en contra de un modelo de sociedad contestatario y conservador por sobre todas las cosas. Era la época de los Beatles y de simon and garfunkel de Palito Ortega y de tantos otros ídolos o fenómenos socio-culturales. Era en definitiva una época de cambios estructurales dentro de la sociedad en su conjunto, dando paso a la liberación mas amplia y profunda del ser humano. Y yo palpé dentro de mis limitaciones esos cambios.

He manifestado que mi mejor cumpleaños, había sido aquel año, 1969, iban a suceder dos hechos que conmovieron mi existencia. Uno de características espectaculares para la humanidad como fue el alunizaje. Por primera vez el hombre pisaba suelo lunar, y aquel acontecimiento llevado a cabo el 20 de Julio, y todos estábamos expectantes ante el televisor Recuerdo que era una noche clara, donde nuestro satélite natural, la luna, brillaba de una manera singular. Ese invierno mis abuelos estaban con nosotros, atentos también a aquel sublime acontecimiento. Debo decir que en el instante en que Neil Armstrong posó sus pies en suelo lunar, mis padres, mis abuelos y yo, fuimos fuera de la casa, munidos con unos prismáticos a fin de contemplar la resplandeciente Luna. Como dije, fue un acontecimiento espectacular, que aún hoy se recuerda por su magnitud. El hombre siempre había soñado con aquel momento, y él mismo llegó como todo en esta vida.

El segundo hecho sucedió en la primavera de ese año, cuando la familia se "agrandó" pues mi padre consiguió del plantel de perros policías, una cachorrita de ovejero alemán, cuya madre fue campeona del plantel. La perrita a la que pusimos el nombre Lassie, tenía aproximadamente un mes de edad y, por lo tanto era sumamente juguetona. Al pasar los meses, se fue convirtiendo en una fiel compañera. A menudo cuando hablábamos sobre alguna mascota, utilizamos el término "fiel" como algo ya inserto en nuestro léxico para resaltar esa actitud. En el caso de Lassie dicha terminología queda corta, pues había adquirido un conocimiento tal, que muchas veces mi abuelo había manifestado en forma textual: "a esta perra solo le falta hablar". Y era muy cierto. Podría indicar varios justificativos para esa aseveración, pero he de mencionar dos que dan prueba suficiente de ello.

Cuando mis abuelos venían a casa, Lassie se le plantaba a mi abuela para lamberle la cara en clara señal de saludo. Está de más decir que era extremadamente vigilante, y por consiguiente todos los que se arrimaban a los límites de nuestra casa, sentían un profundo respeto. Cuando yo andaba con el triciclo, ella siempre me acompañaba con tan solo decirle, " vamos Lassie". Ibamos del frente hacia atrás y viceversa de la casa. En una ocasión se me apareció una tarántula de fácil crianza debido a lo deshabitado del lugar.  Estábamos ella y yo en el porche trasero, cuando de repente se nos aparece el mencionado arácnido. Lassie sin titubear un momento se le hechó encima, mientras yo llamaba a mi padre. Quien le pudo dar caza con un punzón, la mantuvimos así con vida durante tres días. Para redondear la inteligencia de esta perra, diré que tuvo tres crías  y en una de ellas, estaba a punto de dar a luz, se encontraba estirada y le pronuncié aquella frase. Se incorporó como pudo y me acompañó hasta el frente de la vivienda. Por la noche tuvo la cría compuesta de nueve cachorros, uno de los cuales, una perrita, nos la quedamos por espacio de seis meses.

Como he dejado entrever, el invierno del 69 mis abuelos lo pasaron con nosotros. A mi abuela no le agradaba demasiado vivir en aquel paisaje casi desolado, pero como contra partida de ello a mi abuelo sí, pues se sentía plenamente desahogado, ya que podía efectuar cualquier clase de tarea. Le entusiasmaba preparar la tierra(por aquella época había poca, ya que predominaba la arena) y plantaba en ella diversos árboles frutales. En una ocasión sembró y cosechó tomates y hasta sandías. Pero, y pese a los cuidados que el les prodigaba, surgió el enemigo número uno de toda huerta como es la hormiga, un insecto como se sabe, devastador que arrasa con todo. Y arrasó también nuestra pequeña huerta. Sin embargo él no se daba por vencido y continuaba en sus tareas diarias, mientras yo le acompañaba con el triciclo, siendo así muy compañeros como resulta natural entre abuelo y nieto. Con el devenir del tiempo y de los acontecimientos, ese sentimiento se acentuaría.

En varias oportunidades nos venia a esperar a la parada del ómnibus, cerca del medio día cuando llegábamos mi madre y yo de la escuela. La mencionada parada estaba ubicada sobre Avenida Italia (hoy Av. Gianattasio) y para ir a casa teníamos que cruzar unos terrenos en los cuales habían edificadas dos casas y entre las dos había un pequeño camino en el cual mi abuelo encontraba en la época especifica hongos comestibles, los que por general íbamos a buscar y recoger en la zona del balneario "El Pinar", lugar este que al estar en esos años y sumamente húmedo, se encontraban a montones. Personalmente concurría, y mi madre sosteniéndome por debajo de los brazos, me hacía participar de la búsqueda lo cual me gustaba mucho, ya que nos debíamos introducir a través de montes frondosos de pinos y acacias, agradándome desde pequeño el hecho de expedicionar lugares naturalmente desconocidos para mi. Por lo general, íbamos conjuntamente con los vecinos de la casa de al lado, quienes también conocían que clase son buenos, y cuales son los venenosos. Era sin duda una pequeña fiesta que, lógicamente, disfrutaba plenamente.

Recuerdo que la primera vez que mi abuelo encontró el referido alimento en aquel pasaje, al bajar del ómnibus nos dijo: "Les espera una sorpresa muy sabrosa". Y realmente fue así, porque no era ni uno, ni dos, eran como quince o veinte, todos apiñados en una especie de racimo. Él los recogió con los elementos pertinentes para tal tarea, y nos fuimos para casa.

Precisamente aquí me voy a permitir describir como era (y es) nuestra casa desde la perspectiva arquitectónica. En el amplio living o comedor, confluyen dos habitaciones, una que da al frente, era utilizada por mis abuelos, mientras que la del fondo por mis padres. Yo utilizo una cama turca, como se dice comúnmente, ubicada en el living. Aun hoy a veces me acuesto en ella, pues ahí tenemos la estufa de leña. Durante los meses que no estaban mis abuelos, me trasladaba a esa habitación. En la actualidad sin ellos presentes en esta vida, hago lo mismo. Es decir, durante el invierno duermo en la referida cama y en el verano en la habitación.

Cuando finalicé la etapa escolar, seria lógico pensar que tendría mas tiempo para jugar. Si bien en parte es cierto, me seguía apasionando la astronomía y los eternos misterios del cosmos. Además, una nueva pasión se me había despertado en mi interior concitando mi mas amplio interés, la medicina. Esto también era ávidamente alimentado a través de la lectura de textos especializados en la temática aludida. Como he manifestado, desde pequeño mi madre me enseñó a leer. Y desde entonces, la lectura es mi otra gran compañera. Pasaba buena parte de la mañana llevando a la practica ese buen ejercicio para la mente que es leer. Me nutrí de variados conocimientos, no solo en las áreas especificas, sino en otras de diversas características, aprendiendo la esencia de la vida misma. A pesar de no llevar a cabo una experiencia practica en determinados aspectos puntuales de la existencia misma (valga la reiteración) los conocía muy bien si se me permite decirlo. Y buena parte de ello lo conseguí leyendo detenidamente todo lo que "caía" en mi poder. Sabido es que la lectura representa una fuente inagotable de conocimientos de la mas variada índole, encontrando en ella las devaluaciones mas importantes de los contornos de diversas facetas de la existencia.

Resumiendo un poco lo que deseo dejar precisado en estos párrafos, es que si bien no podía hacer lo que otros chiquilines de mi edad efectuaban, me adapté a las exigencias del diario vivir. Desde mi perspectiva se puede decir que dentro de mis limitaciones tenia mundologia

Muchos piensan que esta palabra debe estar asociada a seres humanos que llevan una vida normal, y no es así ya que hay personas que pasan gran parte de su vida viajando y conociendo diferentes culturas, pero no son capaces de asimilar adecuadamente. Desde siempre tuve una visión realista del mundo, demasiado realista en muchas oportunidades. Tal vez la quietud de "Lagomar" me hizo desarrollar aun mas mi mente, ampliando asimismo la capacidad de aprendizaje. A este respecto diré que mi maestra de primero, la Sra. Nelly Indart, me había preparado una especie de cuaderno con diferentes ejercicios y deberes en materias concretas como ser la aritmética y la gramática. Esto, aunado a lo que me redactaba mi madre, iba complementando mi etapa educativa.

Como he manifestado, a mi abuela no le agradaba demasiado aquel entorno solitario, por lo que iniciado el verano del 70 decidió retornar a la vivienda de la ciudad, mientras que mi abuelo se quedo con nosotros para disfrutar de la libertad que da la naturaleza. Por las mañanas cuando mi padre se dirigía al trabajo, mi madre, mi abuelo y yo nos levantábamos y luego de desayunar cada uno nos poníamos a efectuar nuestras respectivas tareas. Sobre el medio día, en el intenso calor de la estación veraniega, mi madre realizaba la pregunta acostumbrada: "¿Qué quieren comer hoy?", y los dos respondíamos lo mismo en forma de coro, "Arroz". Esto se debía a que mis abuelos habían nacido en la ciudad de Valencia, donde el alimento básico lo constituía por entonces este cereal y a mi abuelo por lógica, le gustaba inmensamente.

En algunas oportunidades por la tarde, a eso de las cinco, mi madre nos proponía hacer un "pic-nic". Para ello se dirigía a un almacén que estaba situado a dos calles de casa, comprando en dicho comercio galletitas, fiambre, y alguna botella de bebida cola como así también de la hoy desaparecida marca "Crush", que era ni mas ni menos que jugo de naranja. A su regreso nos preparaba sanwiches con las galletitas, sentándome luego en mi silla, la cual delante tenia una mesita. Alrededor de esta se sentaban mis dos compañeros de "pic-nic". Mientras comíamos, contemplábamos casi en silencio el bello atardecer, escuchando a la vez el trinar de los pájaros. Para mi, esto que es tan simple me resultaba una verdadera fiesta, no solo por el hecho de la merienda en si, sino por hacer un alto en nuestras respectivas actividades, para apreciar ese sublime espectáculo de la puesta de sol, y la retirada de las diferentes especies de aves que por aquella época merodeaban en la zona y que a medida que se ha ido poblando, han ido desapareciendo. Nosotros teníamos un Gargantillo que me lo regaló cuando yo tenia un año la señora a quien llamábamos "tía". Dicho pajarito todas las mañanas mi madre colgaba la jaula en la cual se hallaba, en el porche trasero pues allí recibía mas horas de sol debido a que el fondo de la casa da hacia el norte abarcando todo (o casi todo) el recorrido del astro rey. Por otra parte, pasábamos mas tiempo en el referido lugar que en el frente, pese a que me movilizaba con el triciclo de un lado para otro.

Aquí debo aclarar una cosa. Aquel verano del 70 la familia de Alicia no fue a pasar las vacaciones a Lagomar. De ahí es que surgen los recuerdos concretados en hechos de ese año, pese a que no iba mas a la escuela, igualmente veníamos a Montevideo para efectuar los ejercicios de fisioterapia a cargo de Margarita Baso. Ahora me atendía en un departamento de su propiedad ubicado en la calle San José esquina Paraguay, pleno centro de la ciudad. Esto lo hacíamos una vez a la semana, y la sesión duraba aproximadamente una hora. A la ida, desde la casa de mis abuelos íbamos en ómnibus. Mi madre me llevaba en los brazos, y a la salida nos dirigíamos a la calle Paraguay  a fin de conseguir taxi para trasladarnos a la terminal de ómnibus interdepartamentales para regresar a nuestra casa. Ahora bien, cuando le hacíamos la correspondiente seña a alguno, este paraba relativamente lejos de nosotros, y mientras mi madre me alzaba en brazos, otra persona nos lo tomaba debiendo esperar al siguiente. Ello era debido a la falta de concientizacion imperante en la sociedad referente a los discapacitados. Esto ya lo manifesté en un capitulo anterior, pero creo que es bueno recalcar tanto las virtudes como los errores que la sociedad en su conjunto, por falta de un conocimiento puntual acerca de la problemática suele caer.

Mi presencia por las calles de Montevideo, ya fuese en la silla de ruedas o en los brazos de mi madre, resultaba un poco atípico pues, como dije escondían en sus hogares al miembro del núcleo familiar que tuviera alguna clase de discapacidad. Es importante resaltar que, pese a residir a 22 kilómetros de la ciudad, mi familia no me relegó a un segundo plano.

Por el contrario, me llevaban y me traían desde el centro de la ciudad, aun cuando mi padre ya había vendido el coche, un Fiar de la década del 50 de color verde oscuro, de dos puertas

Al cual le tenia mucho cariño, al punto tal de que a las pocas semanas de haberlo vendido, se enteró de que el nuevo propietario lo había chocado. Mi padre me lo contó, y me puse a llorar como si se tratase de algún ser querido a quien le ocurre una tragedia. Recuerdo que alguna noche que regresábamos de la ciudad, al tomar por nuestra calle (en esa época sin movimiento vesicular, salvo el de algún vecino) mi padre me dejaba tomar el volante, y pese a mis pocos reflejos, se puede decir que hacía bien las maniobras. Es de destacar el hecho de mi agrado por conducir vehículos de cualquier clase y forma.

Debo expresar que se vendió ya con la perspectiva de viajar a España. Esta idea surgió a consecuencia de que en fisioterapia se debe actuar en equipo a fin de lograr un buen resultado en la recuperación aunque sea parcial, de las personas minusvalidas. Y esto en nuestro país no sucedía pese a la dedicación desplegada por los fisioterapeutas. Había buenos elementos humanos, pero disgregados en las diferentes áreas, es decir, foniatria, psicología, etcétera.

En el año 1968 había partido hacía Inglaterra primero, y luego hacía Sydney, una amiga y compañera de trabajo de Margarita Baso cuyo nombre de "pila" era Marta, con quien también me hice muy buen amigo mientras estuvo aquí. A través de las cartas que recibía Margarita nos íbamos enterando de cual era su visión desde el "viejo continente" acerca de la problemática de los discapacitados. En Londres trabajó en un centro especializado en la rehabilitación de cuadraplejicos y, por consiguiente se integró a uno de los referidos equipos de trabajo. Conocido esto, mis padres le preguntaron cual era en este aspecto el panorama en España, a lo que respondió que era muy similar. Vale decir que se recuperaban esos cuadros de parálisis cerebral, mediante la coordinación de especialistas en dicha temática.

Al conocer esta respuesta, en el termino de un año aproximadamente, mi padre vendió el taller de cerrajería y el auto, mientras se arreglaban los papeles y se efectuaban los tramites correspondientes para viajar.

Mientras ese momento llegaba, mi padre trabajaba en el taller de un amigo (hoy fallecido) quien en varias ocasiones nos brindó una mano fraternal ayudándonos en muchas cosas.

Mis padres buscaban (y lo siguen haciendo lógicamente hoy en día) lo mejor para mi. Así se decidió emprender esa aventura que duró seis meses, y que sin duda merece todo un capitulo aparte, ya que se trata de un importante mojón en mi existencia.

 Pero hay otros hechos que deseo mencionar en el presente capitulo los que, si bien a simple vista pueden carecer de importancia frente a la trascendencia de otros ya relatados, iban componiendo mi vida, mi mundo. Y fueron elementos esquematizantes.

Mi padre tenia desde que era soltero, un receptor de radio a pila cuya marca se transformo en una especie de reliquia hoy en día frente a los sofisticados equipos de audio. Me refiero a las "Spica" que en su momento revolucionaron el mercado, pues eran los primeros receptores portátiles totalmente transistorizados. ¿Quién no tuvo alguna vez una Spica?. Era algo casi tradicional. En mi caso personal, fue el primer receptor de ondas hertzianas que tuve. Con ella aprendí los puntos del dial donde se encuentran tal o cual emisora. De mañana se la pedía a mi madre para oír el noticiero de Radio Carve, y una vez finalizado este pasaba a Radio Oriental donde el Sr. Heber Pinto conducía un programa que para mi (y para muchas personas) era interesante, pues a través de diferentes secciones se reflejaba la realidad del país por aquellos tiempos. Habían dos secciones que me gustaban mucho. Una de ellas llevaba por titulo "Montevideo que lindo te veo" cuando habían cosas loables que realzar de esta ciudad. Cuando era lo contrario se cambiaba el adjetivo y en su lugar se ponía el calificativo de "feo". La otra sección se denominaba "Sea juez por un minuto" en la que se convocaba a la audiencia a tratar y dar su opinión en torno a un tema de actualidad.

Me interesaba conocer la realidad del país y del mundo, presagiando lo que en la actualidad es mi gran pasión, el periodismo y que lamentablemente no he podido desarrollar de forma adecuada. Cuidado que no me estoy auto compadeciendo ni mucho menos.

Por las noches como mi padre venia relativamente tarde de trabajar, terminábamos de cenar entre las diez  o diez y media, tras lo cual miraba un poco de televisión, y alrededor de las once y media o doce mi madre me acostaba en mi cama, mientras mi padre me colocaba la radio en un sitio desde donde podía manejarla. Sintonizaba la emisora del Sodre, CX 6 con la cual me deleitaba escuchando música clásica. He de confesar que mi gusto musical pasaba en aquel instante por el estilo del Rock Argentino interpretado por Sandro, Palito Ortega, o de otros cantantes y conjuntos que hacían por esos años furor. Sin embargo, a esa hora de la noche la magia rítmica y pausada de las grandes obras de la música clásica llevaba a lo mas profundo de mi ser, una sensación de paz que invadía mi espíritu y me conducía a través de un suave bálsamo y mágico, y me inducía al mundo de los sueños. Chopin, Bach, Beethoven y tantos otro genios se hacían presentes a través de las ondas que reproducían la fiel Spica (que dicho sea de paso, nos la llevamos a España convirtiéndose por espacio de un mes o algo mas, en nuestro medio de información.)

Al lado de nuestra vivienda se había edificado una casa cuyo propietario era Valenciano. Estaba casado con una señora oriunda de las islas canarias. Él se llamaba Manuel y ella Dolores, pero todos le decían Lola o Señora Lola. Este matrimonio tenia dos hijos (una mujer y un varón) cuyos nombres eran Marisa y Jaime. La hija nació en Venezuela pues la pareja residió un buen tiempo en dicho país tras lo cual decidieron por motivos personales venir a Uruguay, naciendo aquí Jaime.

La casita la hicieron para ir solo los domingos a fin de desenchufarce de la ciudad, pese a no ser tan bulliciosa como lo es en la actualidad. Además de este punto, debo decir que a don Manuel le gustaba mucho estar en contacto con la naturaleza. Debido a ser de Valencia igual que mis abuelos, se consustancio una verdadera amistad mas allá de ser simples vecinos. Esta se fue agrandando a tal grado que nos insertamos como unos miembros mas de esa familia. Los domingos se convertían en días de fiesta, pues además de ellos venían sobrinos de don Manuel con sus respectivas familias, invitándonos a almorzar.

Mi padre me llevaba mi sillita la cual se colocaba al lado de una mesa de obra que aun se conserva por parte de los actuales propietarios de la finca. La mesa en cuestión está techada permitiendo almorzar o cenar aunque lloviese. Entre todos éramos cerca de quince personas de diferentes edades, pero con algo en común como lo es la confraternidad que se está perdiendo lamentablemente. En el verano, antes de almorzar, don Manuel decía: "¿Quién viene a la playa?", y allí nos "apuntábamos" mis padres y yo para darnos un chapuzón refrescante en el tórrido mediodía veraniego. Y de paso disfrutaba nadando a mi manera.

Luego del almuerzo, yo me entretenía ya fuese mirando como jugaban a las cartas, o bien simplemente conversando con cualquiera de los presentes. Por otra parte, mis padres me cambiaban de la silla al triciclo, movilizándome también por la vivienda de aquella familia. Esto que parece una cosa simple, representaba para mi, como dije, una verdadera fiesta, pues se llenaba aquel espacio solitario de voces y algarabía. En ese aspecto he de señalar, que don Manuel tenia un cuñado muy chistoso, y el Domingo que venia pasabase horas relatando breves cuentos con esa característica, formándose verdaderas ruedas para prestarle la debida atención. Con la caída de la tarde, se preparaban para regresar a la ciudad y todo lentamente retornaba a ocupar el lugar en el esquema de mi vida diaria, y la cotidianidad volvía a reinar en mi casa. En resumen, la presencia de aquella familia, significaba lisa y llanamente romper la monotonía del día tras día pese a estar sumamente ocupado. Una vez Jaime, que en esa época tenia 16 años,, dijo: "Que aburrido estoy". Yo no pude (ni puedo) concebir que una persona se aburra, habiendo tanta cosa que hacer. Claro si hay voluntad, pues de lo contrario el ser humano cae en un estado de abandono físico y mental. Este es mi modo de pensar al respecto..

Entre Jaime y yo coexistía pese a la diferencia de edad, cierto grado de compañerismo. No digo de amistad pues esta hallabase implícita dentro de la lógica reciprocidad. Dicho compañerismo se hizo mas fehaciente una tarde que recuerdo muy bien. Andaba yo con el triciclo en el patio de ellos. En cierto tramo tenían plantado un eucaliptos no muy grande por cierto. Con el triciclo daba vueltas a su derredor, cuando de repente di una bastante cerrada y me caí sobre el pavimento. Cuando alguien me levantó, de mi nariz brotaba una enorme fuente de sangre, y aunque me pusieron debajo de una canilla de agua fría, no se lograba detener la hemorragia, razón por la cual mis padres optaron por trasladarme al centro de Montevideo, mas concretamente a la sociedad de asistencia medica. En medio de ese torbellino natural generado por una situación de emergencia "dolorosa", atiné a pedirle a Jaime que me acompañara. Él asintió inmediatamente. Estaba de short y solo se puso una camisa y un par de zapatillas, saliendo raudamente hacia el centro asistencial. Me acompaño en ese momento, y hoy lo recuerdo con afecto.                               

 El privilegio de escribir algún libro, radica en el hecho de poder ir de adelante hacía atrás o viceversa en el espacio tiempo, y poder desandar cuidadosamente cuando se viene a la memoria, un poco agotada a esta altura, ciertas anécdotas que por defecto propio se han convertido en, justamente, recuerdos. Al comienzo de esta narración hice mención a los albores de la televisión en nuestro país. Es obvio decir que nací y crecí mirando esa caja a través de la cual se generan diferentes polémicas basadas en el hecho de si es o no buena.

Naturalmente que no abriré un juicio de valores en relación al tema de manera generalizada  pues está claro que no es ese el objetivo que me tracé en esta oportunidad. Sin embargo diré que pese a no haber estado todo el día sentado frente al receptor, como se dice comúnmente este medio electrónico me ayudó de diversas maneras a informarme y entretenerme. A la hora de la caída del sol, iba adentro de casa, y mi madre la encendía. Era un receptor (a válvulas por supuesto) marca SONOTONE que actualmente ya no existe. Como cualquier chiquilín de mi edad (de esa edad) me gustaban los dibujos animados que nada tienen que ver en su forma estructural, con los que actualmente se pueden apreciar cargados de una profusa violencia. He dicho que no haría juicio de valores, y no lo voy a hacer por cierto. Me abocaré al desarrollo de lo anunciado líneas arriba. Para ello debo recordar al lector que hasta Noviembre de 1966 en el país regia un sistema de gobierno basado en un colegiado integrado por los dos partidos tradicionales no ofreciendo el resultado político deseado.

De esa forma se llega a la fecha indicada donde se efectúan elecciones nacionales triunfando el Partido Colorado a través de uno de sus candidatos; el General Oscar V. Gestido quien asumió a la primera magistratura el primero de Marzo del año siguiente, es decir 1967. En los primeros días de Diciembre, su salud sufrió un fuerte quebranto, lo que provocó su fallecimiento el día 7 de ese mes.

Todos los días, por la mañana uno de los canales de tv ofrecía un espacio de dibujos animados a la hora diez, y muy rara vez me olvidaba de mirarlo. Aquella mañana era resplandeciente presagiando un hermoso verano por cierto. Por ese motivo andaba en mi triciclo dando vueltas en derredor de la casa como era mi costumbre, si a eso se le puede catalogar de dicha manera. A la hora indicada aproximadamente entré y le pedí a mi madre que hiciera la operación respectiva, es decir encender el televisor. Al ser de válvulas tardaba un poco en aparecer la imagen. Cuando ello ocurrió se me presentó ante mis ojos la ceremonia del funeral del Sr. Presidente de la república. Quede unos instantes perplejo ante la pantalla contemplando aquellas imágenes solemnes y lúgubres al mismo tiempo, para alguien de mi edad. Y precisamente como alguien de mi edad,  decidí desprenderme de esa ceremonia que se estaba emitiendo por cadena nacional, diciéndole a mi madre que apagase el receptor. Dentro de mi ser me encontraba profundamente consternado por el lamentable hecho que enluto a la patria toda. Fui nuevamente afuera, mas concretamente al garaje en donde estaba mi abuelo haciéndome una casita de madera que oficiara de refugio al niño Jesús en el pesebre navideño. Estabamos a pocos días de esa festividad tradicional que seria el primer año que lo celebraríamos en "Lagomar" 

En esa época aún estaba de moda entre los chiquilines "juntar" figuritas de ídolos del momento las cuales se pegaban en los tradicionales albumes. Quien alguna vez no lo habrá hecho. En ese momento se encontraba en pleno auge "Batman" y por ende se había lanzado una serie de figuritas de ese singular personaje. Pero era el año 1970 y a mediados de Junio se disputaba el mundial de fútbol en México, y tal acontecimiento mereció la tirada de uno de esos albumes. Mi padre me lo compró, y cuando en uno de los sobres apareció el vale por el cual se canjeaba una replica de la copa que era el triunfo para el país ganador, me puse muy contento, igual que si fuese la verdadera. Todavía la conservo, y el álbum también  pues en el están los grandes jugadores de ese tiempo, imposible de borrar de la memoria de muchas personas que aman ese deporte.